Érase una vez una niña que no tenía amigos. Tenía
compañeros, compañeros crueles. Y como por aquel entonces no era la más fea y
la más rara de la clase, encajaba en el grupo, y la invitaban a los cumpleaños,
y, en general, la dejaban bastante en paz, porque había alguien más en quien
cebarse.
Pero entonces llegó el momento en el que ese alguien
más desapareció. Y los compañeros buscaron otra víctima. Y así es como se
enteró nuestra protagonista de que no tenía amigos. A causa de un maligno
aparato que le desfiguraba la cara, el título de diana cayó sobre su persona.
Y así, poco a poco, insulto y broma tras otros, se
quedó sin bota militar. Y sin salir, y no le quedó más remedio que buscarse
pasatiempos que pudieran disfrutarse en soledad. Pasó el tiempo entre
zancadillas y risitas por la espalda, y nuestra protagonista se aficionó (más)
a leer y a quedarse en casa incluso en los días de sol.
Pero un día, y por pura casualidad de un pie
traicionero, tropezó con otras dos muchachitas (recordemos que los niños,
aunque no nos guste, tienden a crecer e irse de casa, por lo que nuestra niña
ya no es una niña, sino una muchachita) y una bella amistad floreció.
Poco a poco pasaron los años y fueron uniéndose al
grupo más amigos que, aunque escasos, probaron ser verdaderos. Sin embargo,
nuestra muchachita tenía ya interiorizada una forma de ser, y era muy tarde y
muy mayor para cambiarla. Y así se quedó, nuestra sosa protagonista.
Pero eso es lo malo de ser sosa y tener amigos
salados: al final uno se da cuenta de que le falta sal. Y los amigos salados,
que nunca habían sido sosos, no podían entender por qué ella lo era.
Y después de los problemas con la sal, ya
interiorizados, llegaron los problemas de carne y hueso. Y así, mientras que el
resto de adolescentes (como crecen los niños, adolescente ya, ¿eh?) eran
inmortales, nuestra adolescente se quedó en humana, lo que le produjo una
irritabilidad considerable y la llevó a ser aún más desagradable que de
costumbre.
Pero en medio del follón y de no gustarse ni a sí
misma (ni al resto del mundo), apareció un buen muchacho, que resultó, al
final, ser su novio.
Y hasta el día de hoy, nuestra protagonista sigue
igual de sosa, igual de irritable e igual de aburrida. Y cada vez más triste.
Afortunadamente no eres como la niña sin sal, tu relato tiene sal y pimienta. Felicidades.
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