miércoles, 6 de mayo de 2015

Happen Ending (El cuento de la niña sin sal)

Érase una vez una niña que no tenía amigos. Tenía compañeros, compañeros crueles. Y como por aquel entonces no era la más fea y la más rara de la clase, encajaba en el grupo, y la invitaban a los cumpleaños, y, en general, la dejaban bastante en paz, porque había alguien más en quien cebarse.

Pero entonces llegó el momento en el que ese alguien más desapareció. Y los compañeros buscaron otra víctima. Y así es como se enteró nuestra protagonista de que no tenía amigos. A causa de un maligno aparato que le desfiguraba la cara, el título de diana cayó sobre su persona.

Y así, poco a poco, insulto y broma tras otros, se quedó sin bota militar. Y sin salir, y no le quedó más remedio que buscarse pasatiempos que pudieran disfrutarse en soledad. Pasó el tiempo entre zancadillas y risitas por la espalda, y nuestra protagonista se aficionó (más) a leer y a quedarse en casa incluso en los días de sol.

Pero un día, y por pura casualidad de un pie traicionero, tropezó con otras dos muchachitas (recordemos que los niños, aunque no nos guste, tienden a crecer e irse de casa, por lo que nuestra niña ya no es una niña, sino una muchachita) y una bella amistad floreció.

Poco a poco pasaron los años y fueron uniéndose al grupo más amigos que, aunque escasos, probaron ser verdaderos. Sin embargo, nuestra muchachita tenía ya interiorizada una forma de ser, y era muy tarde y muy mayor para cambiarla. Y así se quedó, nuestra sosa protagonista.

Pero eso es lo malo de ser sosa y tener amigos salados: al final uno se da cuenta de que le falta sal. Y los amigos salados, que nunca habían sido sosos, no podían entender por qué ella lo era.

Y después de los problemas con la sal, ya interiorizados, llegaron los problemas de carne y hueso. Y así, mientras que el resto de adolescentes (como crecen los niños, adolescente ya, ¿eh?) eran inmortales, nuestra adolescente se quedó en humana, lo que le produjo una irritabilidad considerable y la llevó a ser aún más desagradable que de costumbre.

Pero en medio del follón y de no gustarse ni a sí misma (ni al resto del mundo), apareció un buen muchacho, que resultó, al final, ser su novio.

Y hasta el día de hoy, nuestra protagonista sigue igual de sosa, igual de irritable e igual de aburrida. Y cada vez más triste.

1 comentario:

  1. Afortunadamente no eres como la niña sin sal, tu relato tiene sal y pimienta. Felicidades.

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