Había una caja. Pequeña. La abrió. Se
metió dentro como pudo y trató de cerrar la tapa. No encajaba. Lo intentó otra
vez. Se apretó contra las paredes y se hizo pequeño, tan pequeño como pudo.
Pero aun así. No. Encajaba. Se escapaba por debajo y deshacía el cartón.
No lo entendía. El resto de las cajas cerraban
perfectamente. ¿Por qué la suya no?. Le empezaba a doler todo el cuerpo,
retorcido en una posición imposible. Pero tenía que entrar, porque si no lo
conseguía, nadie volvería a mirarle. Así que sacó las tijeras y cortó un
pequeño trozo de sí mismo. Y otro. Y otro. Poco a poco, retirando capas, se dio
forma cuadrada.
Por fin, la tapa encajaba, y pudo descansar, helado, en el
fondo del molde.
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