Hay sesenta minutos en una hora y veinticuatro horas en un
día. Las manecillas avanzan con precisión militar y el reloj casi nunca se
arrastra. Cuando dan las doce del mediodía, el mundo al otro lado de la ventana
se vuelve asquerosamente irreal.
La luz lo baña todo y las calles están desiertas. El único
sonido es el chirriar de las cigarras.
Sentado en el borde de la bañera, contempla la acera del edificio de enfrente.
El portal se abre y alguien sale, como todo los días, para acto seguido
desaparecer calle abajo.
Todavía no sabe si es producto de su imaginación.