jueves, 7 de mayo de 2015

Reflexión número cuatro: madera de protagonista (interludio de la autora)

Les presento a Agua. Un hombre de edad y complexión indefinidas que habita una bañera.

Reflexión número tres: el fin de la fiebre

La ducha gotea. El agua se desliza, se detiene y se precipita hasta chocar con su pulgar. Una y otra vez. El grifo está mal cerrado. Mientras, el baño se llena de vapor y su piel se arruga en la bañera.

Una gota por persona. Por brochazo de negro en la pared. Por cada pedacito de carne perdido entre otras costillas. Una gota por cada vez que el teléfono no suena. Una gota por cada despedida imaginaria.

Al final suman el océano en el que nadan sus pulmones.

La pintura del baño es un reflejo de sus huesos. No se distingue el yeso, cubierto por capas y capas de persona olvidada. Es el tipo de pesadez que normalmente le impide mover el esqueleto, fiebre al ver los barcos desaparecer por el desagüe.

Todo es cuestión de aprender a compartir cuerpo con el vacío

Reflexión número dos: alas

Debajo del agua el mundo se distorsiona. Pierde nitidez, el sonido se apaga. No hay aire. Un poco más, solo un poco más. Hasta que le ardan los pulmones.

Sale resoplando en busca de oxígeno. No es inmortal. Su propia humanidad lo corroe, arrancándole la eternidad que otros disfrutan. Gotea poco a poco sobre el agua de la bañera, diluyéndose en ella.

Tiene sus días. Días en los que el otro pierde la batalla y días en los que está a punto de ganar la guerra contra lo que queda de sí mismo resistiendo al invasor. Esos son los días malos, en los que el músculo no alcanza a huir y se acurruca en una esquina de la caja, errático.

Recuerda la sensación de las alas. Extendidas, no cabían en el diminuto cuarto de baño, y llenaban el suelo de plumas suaves, que hacían más placentero el caminar. Se acaricia distraído el tatuaje de recuerdo en la columna mientras contempla los azulejos de la pared. Son gris ceniza.

Bajo la superficie se produce una tregua corta. Las cosas adquieren un tono azulado y se refleja la luz. El diafragma se detiene y se forman burbujas. Es un buen contraste a la calma, blanca y negra y muda; y la tormenta, de colores y ruidos tan intensos que resultan chillones.

La humanidad viene acompañada de dolores inventados, monjes haciendo horas extras y extendiendo ese cansancio que no deja dormir al resto del templo. Es difícil saber que eres el autor de la propia tinta que te borra, y que es insoluble en agua.

Solo quiere volver a ser inmortal.

Reflexión número uno: se escribe "platónico"

- Me casaría contigo –

Me lo dijo un día mientras me observaba hacer olitas en la bañera, apoyado en el borde del lavabo. Me sentí halagado. Tanto que me enjuagué el bigote y la barba espumosas que me había hecho para contestarle que sí, posiblemente yo también me casaría con él. No fue ni una proposición ni un momento muy memorable. Simplemente puso en palabras algo que los dos ya sabíamos. Y después procedió a ayudarme a enjuagarme el pelo. El – si no fuéramos dos hombres con un interés puramente platónico el uno en el otro – se quedó flotando entre el vapor del baño.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Reflexión cero: cartón

Había una caja. Pequeña. La abrió. Se metió dentro como pudo y trató de cerrar la tapa. No encajaba. Lo intentó otra vez. Se apretó contra las paredes y se hizo pequeño, tan pequeño como pudo. Pero aun así. No. Encajaba. Se escapaba por debajo y deshacía el cartón.

No lo entendía. El resto de las cajas cerraban perfectamente. ¿Por qué la suya no?. Le empezaba a doler todo el cuerpo, retorcido en una posición imposible. Pero tenía que entrar, porque si no lo conseguía, nadie volvería a mirarle. Así que sacó las tijeras y cortó un pequeño trozo de sí mismo. Y otro. Y otro. Poco a poco, retirando capas, se dio forma cuadrada.

Por fin, la tapa encajaba, y pudo descansar, helado, en el fondo del molde.

Happen Ending (El cuento de la niña sin sal)

Érase una vez una niña que no tenía amigos. Tenía compañeros, compañeros crueles. Y como por aquel entonces no era la más fea y la más rara de la clase, encajaba en el grupo, y la invitaban a los cumpleaños, y, en general, la dejaban bastante en paz, porque había alguien más en quien cebarse.

Pero entonces llegó el momento en el que ese alguien más desapareció. Y los compañeros buscaron otra víctima. Y así es como se enteró nuestra protagonista de que no tenía amigos. A causa de un maligno aparato que le desfiguraba la cara, el título de diana cayó sobre su persona.

Y así, poco a poco, insulto y broma tras otros, se quedó sin bota militar. Y sin salir, y no le quedó más remedio que buscarse pasatiempos que pudieran disfrutarse en soledad. Pasó el tiempo entre zancadillas y risitas por la espalda, y nuestra protagonista se aficionó (más) a leer y a quedarse en casa incluso en los días de sol.

Pero un día, y por pura casualidad de un pie traicionero, tropezó con otras dos muchachitas (recordemos que los niños, aunque no nos guste, tienden a crecer e irse de casa, por lo que nuestra niña ya no es una niña, sino una muchachita) y una bella amistad floreció.

Poco a poco pasaron los años y fueron uniéndose al grupo más amigos que, aunque escasos, probaron ser verdaderos. Sin embargo, nuestra muchachita tenía ya interiorizada una forma de ser, y era muy tarde y muy mayor para cambiarla. Y así se quedó, nuestra sosa protagonista.

Pero eso es lo malo de ser sosa y tener amigos salados: al final uno se da cuenta de que le falta sal. Y los amigos salados, que nunca habían sido sosos, no podían entender por qué ella lo era.

Y después de los problemas con la sal, ya interiorizados, llegaron los problemas de carne y hueso. Y así, mientras que el resto de adolescentes (como crecen los niños, adolescente ya, ¿eh?) eran inmortales, nuestra adolescente se quedó en humana, lo que le produjo una irritabilidad considerable y la llevó a ser aún más desagradable que de costumbre.

Pero en medio del follón y de no gustarse ni a sí misma (ni al resto del mundo), apareció un buen muchacho, que resultó, al final, ser su novio.

Y hasta el día de hoy, nuestra protagonista sigue igual de sosa, igual de irritable e igual de aburrida. Y cada vez más triste.

Girasoles

Algunos doblan y crujen las reglas hasta que vencen.

Otros caminan por el asfalto.

martes, 5 de mayo de 2015

Presentando a: los adultos

Bienvenidos al circo. Por favor cuelguen sus abrigos en los percheros de la entrada, no queremos accidentes ni reclamaciones. Ah, ¿Que no les importa perderlos? Bueno, tanto da. Yo solo soy el narrador. Hagan lo que quieran. No me hago responsable.

Síganme, por favor. Les haremos un rápido tour y entonces serán libres de vagabundear como gusten por la exposición hasta las doce, hora en la que apareceré de nuevo por aquí para guiarlos hasta la sala de proyecciones. Síganme, si son tan amables.

En este primer pasillo apreciarán ustedes una falta de presencias humanas en las fotografías expuestas. Nada más que paisajes, tanto urbanos como naturales. Esto se debe a que hay que comenzar por el principio. ¿Y dónde está el principio? Confío en su inteligencia para deducirlo de mis palabras. Aunque quizá el principio no sea la expresión correcta. Es más, estoy bastante seguro de que la razón por la que estas obras inauguran la galería solo la conocen ellos. Ya sabe cómo son, siempre empeñados en encontrar la fuerza que mueve el mundo y darle a todo un propósito. No me mire así, yo solo hago mi trabajo y leo el guion para amenizarles la visita. ¿Preferirían ustedes una interpretación personal? Como gusten.

Entonces, y recomenzando la visita, entramos en el primer pasillo. Será mejor que guarde estas hojas inútiles. Disculpen un momento. Bien, sigamos. ¿Dónde estábamos? Ah, sí, falta de figuras humanas. Estoy bastante seguro de que el otro día alcancé una profunda conclusión sobre el tema tras rumiar durante unas cuantas horas en frente de una de estas paredes, pero la he olvidado, así que me limitaré a informarles de lo que veo: de todo eso que pintan de progreso, sólo una ínfima parte lo es, y lo demás sólo excusas para destrozarlo todo. Si en el fondo son como nosotros, pero con la mala costumbre de no parase un rato a ver cómo anda la cosa, y si la bronca va a ser monumental o todavía queda margen de destrozo. ¿Seguimos?

Nos encontramos ahora en la primera sala, dedicada a la escultura. Estas obras representan a algunos de sus ilustres, como podrán apreciar, por el nivel de detalle casi enfermizo y tan propio de su clase que presentan. Señorita, le agradecería que no babeara sobre las esculturas, son muy valiosas, y hágame el favor de sacarse el pie de la boca y colocarse el zapato de nuevo, que nos encontramos en un lugar regido por las normas de etiqueta. Gracias. No hay mucho que comentar en esta sala, más que las obras y las personas que representan posiblemente pensaran más como nosotros que como ellos. La clave del éxito está en salirse de la cuadrícula, como digo yo en mis ratos libres. Continuemos, por aquí.

Pasamos al piso superior y última parte de la visita guiada. También dedicada a la escultura, se comprende de una única sala que alberga una única obra. Si quieren mi opinión no es que fuera la mejor de todas las que componen la exposición, y me alegro de que la quieran ustedes, porque ellos la desoyeron por completo, ya se sabe cómo son, solo la verdad absoluta sale de su boca. Qué se le va a hacer, también le dicen a uno que es infantil cuando es en realidad muy maduro para su edad. Creo que no recuerdo haberlos oído emplear ese adjetivo entre si jamás. Y uno se pregunta por qué sigue trabajando. Propongo darle un golpe de estado a las galletas para hacer oír nuestra opinión. ¿Alguien se une a la revolución? ¿Nadie? Lástima. Supongo que las galletas son una distracción demasiado buena incluso para nosotros.

Bien, eso ha sido todo. Como ya he mencionado antes, disponen ahora de una hora para aprovechar a su antojo. ¿Alguna pregunta? ¿Sí? ¿El baño? Al fondo a la derecha. Permítame acompañarle, puesto que no parece alcanzar usted el picaporte. Sí, de nada. ¿Algo más? ¿No? En ese caso, hasta las doce. Disfruten de su visita.

Crónicas del mundo

La historia cuenta que Dios murió.

Los humanos ya no miraban las estrellas. Los ángeles no existían. Lucifer recibió la nueva, y decidió que su momento había llegado.

Las puertas del infierno se abrieron, los caídos derramándose por el umbral, con la mano derecha del demonio en cabeza. Venganza.

En el cielo, las revueltas estallaron. Ángeles contra ángeles. Sangre, desconfianza. Y se les veía caer desde las alturas, alas negras surgiendo de las espaldas, ojos del color del fuego.

Se enfrentaron. El campo de batalla ocupó el mundo entero. Todo fue arrasado. Ni el infierno se salvó.

Pero la mano derecha de Lucifer fue asesinada. La guerra terminó.

El mundo volvió a su cauce. Los humanos mirando a las estrellas.

La historia cuenta que en realidad Dios no murió. Sólo le dio la espalda al mundo.

Sweet Dreams

He falls and falls. He’s been falling for a long time, actually. So long he can’t remember when it was that gravity started pulling him down. Hell, he can’t even remember how it started doing so, in the first place. All he recalls is the panic of feeling himself slip, the way his stomach dropped and braced itself for the impact.

He’s pretty bored, now. No fear, no adrenaline. His body’s gotten used to the absence of ground under his feet. He craves for some company. No one’s around, though. He’ll soon fall asleep mid-fall. What a sad way of crashing back into reality.

His eyelids start feeling heavy. He’s almost in dreamland when a voice rings through the air, startling him back awake. There’s a person falling right next to him. Well, not really falling. While he’s an uncoordinated mass of limbs spinning without control, the stranger just… sort of floats downstairs from the sky. Or at least keeps himself straight.

It’s a tan boy. He looks taller than him, though he can’t be sure without a solid surface nearby. He feels familiar.

-Hey!- he calls again. That must’ve been what woke him. The boy grins and extends a hand. He wonders briefly if he’s stupid. He’s falling. Upside down. There’s no way he can shake that hand. So he settles for a wave before spinning again.

The stranger introduces himself. –Tai- he says. He doesn’t try the handshake again. Dae tells him his name, too. An awkward silence follows.

It stays for a couple of minutes, until Tai breaks it, bombarding him with questions.

They fall and fall together, broken conversation hanging between them, because Dae still hasn't got the hand of this whole rollercoaster and talking at the same time thingy, and it's difficult, especially when there are little clouds waiting in the air for him to swallow when he's not paying attention, effectively making him choke a few times.

How embarrassing.

At soon point he deems it safer to hold hands, stating that “You’re going to get sick if you keep falling like a drunk elephant” (hey!) His protests fall on deaf ears, and Dae finds himself falling like a normal person, instead.

He looks down, at the seemingly never ending abyss that awaits them.

-Aren’t you afraid?- He doesn’t need to turn to know it’s Tai. There’s no other soul up here.

–It’s just a dream- The words sit heavily in his tongue, because, what happens when you die in a dream? He’s never dreamed such a thing.

-Want to find out?- Tai now sports a crooked grin that can’t be good.

The tan boy doesn’t even wait for an answer. He lets go of his hand, and then pushes.

The floor lunges forward to meet him, and Dae wakes up startled on the cold tiles of his bedroom, drenched in sweat.

Let Me In

Death is nothing like they paint it. In fact, it’s just that. Nothing. One minute you’re in this world, living. The next someone pulls the switch, and you’re gone.

He dies when he’s seventeen.
He’s walking absentmindedly, so he doesn’t realize the traffic light has already turned red. A sound of screeching brakes, a crash. And there it is. Nothing.
Eyes open, body growing cold on the asphalt as the paramedics arrive. Dead.
Then, suddenly, death loosens his grip. And he slips back to life.

Did it? Didn’t it?
(Actually happen)

He doesn’t really want to die. Not specially. It just… sort of happens. But he’s back soon from the unexpected trip. With a souvenir scar that goes from his leg to his abdomen.
He dies again when he’s twenty five.
This time, he just falls down the stairs.
Spine shattered, he goes back to nothing.
Death just spits him back.

Really? You’re not
(Kidding, right?)

The following year he finds death everywhere. On the news, on real life. It brushes past him on his way, but never touches him.
He starts growing curious.
A certain thought appears from time to time.
He pushes it back to the depths of his mind.

Is he? Isn’t he?
(gonna do it)

It eventually comes back. Always comes back.
So he starts toying with the idea. What if…?
But by then he’s thirty two, and it’s death’s turn again.
Drowned in a ship sinking incident.
That’s how his life fades again.
And then death nears a warm match to his cold body.
And he’s back on his feet.

Has he? Hasn’t he?
(yet)

He’s forty now. Forty, and just so tired.
He yearns for that nothing.
He just has to make his mind.
A bottle of pills and much, much more sleep than recommended.
This time, death lets him in.

He is. He is.

(Gone)

lunes, 4 de mayo de 2015

Colors

The first time it’s grey. He watches the thin line make its way through the wall until it disappears. The world goes back to white. So he doesn’t spare it a thought.

The second time it’s red. A red dot on top of the wall, staring mockingly at him. He figures it must be blood. Not that he knows blood’s color. But they say it’s usually crimson. So he turns away.

The third time it’s blue. He didn’t really know that his soap was blue. But there it is, sitting on the counter of the bathroom in all its blue grace. But he blinks, and the color goes away as fast as it came. So he grabs the soap and goes into the shower.

The fourth time it’s orange. He’s at the market, and the bag of fruits he’s holding suddenly breaks. When they touch the floor, they’re no longer white. They’re a bright orange. Of course he can’t really be sure, since he’s never seen any of its shades. The color fades as they roll. So he apologizes to the angry employee who’s currently fuming at him and grabs another bag.

The fifth time it’s green. He’s out in the park, lying on the grass, because for once it isn’t raining, and he suddenly realizes the plant has discarded its usual white for a much happier green. He’s not even surprised anymore. He just lies back and closes his eyes. When he wakes up he’s completely soaked, and the green is nowhere to be seen. So he grabs his things and runs back home.

The sixth time it’s different. There’s a man carrying a purple t-shirt and a yellow beanie on the street. And he’s staring right at him. So he stares back.

The man introduces himself as “T”, and he isn’t really sure why he does it, but he still invites him to come home with him anyway. T speaks along the way, and keeps speaking when they’re already there. He speaks about lots of things, some he’s never heard of, some he knows, some that ring faint bells. T ends up staying overnight. But he doesn’t have a guest room. So they share the bed.

T eventually moves in, because they both agree it’s much more comfortable than having to meet up all the time. Colors keep paying visits, and he soon discovers that T’s eyes are green. T says his hair is dark brown. He still sees himself white. So he laughs and reaches his hand to ruffle golden locks affectionately.

Three months later he opens his eyes in the morning and a myriad of colors welcome him. He jolts up and looks around, fascinated. The only white left in the room is the covers T is tangled on, still sleeping. He shakes him up, and he’s as surprised as him, because the world is a colorful place. And they go out.

Dos Caras

Who can see my real face?
Do a magic trick and remove the mask.
                        -Hangeng, Clown Mask.

El payaso saluda sin cesar a lo largo de las estaciones. Primavera, Otoño. La máscara sobre el rostro, ofreciendo siempre una sonrisa que no cambia de ángulo. Regala risas al transeúnte despistado, repitiendo el mismo chiste. Nadie oye los susurros bajo la máscara.

En verano el sol pega con fuerza, agrietando la máscara. El sudor resbala por su frente y amenaza con despegarla. Hay días que la sonrisa apenas se sostiene, pareciendo más una mueca que la que traía de fábrica. Cómo odia el verano.

Durante el invierno el tiempo se ralentiza. Pasa tranquilo, mirando distraído. A veces se detiene del todo. El cielo, normalmente de un azul vibrante, se vuelve una anciana gris. Los pájaros no cantan y el frío hiela el aire, pesado por la nieve.

En esos días sin tiempo el payaso se quita la máscara. Se despega con cuidado la sonrisa y la dobla pulcramente en el cajón. Hasta el próximo día azul. Y entonces los susurros crecen. Son gritos de rabia.

Pero el tiempo vuelve a mover sus engranajes oxidados, y es otra vez su turno de actuar. Vuelve la sonrisa, más arrugada. El plástico no oculta los ojos rojos por las lágrimas.

Rutina

Como un autómata. Alargar el brazo, apagar el despertador. Girar el cuerpo a la derecha, después abrir los ojos. Apartar un poco el edredón. Demasiado frío. Volver a taparse. Un vistazo al reloj. Salir a rastras de la cama.

Echarse agua en la cara, vestirse sin mirar, corriendo el riesgo de ponerse alguna prenda del revés. Bajar a desayunar. Tostada, cola-cao. Sin incidentes. Llegar al zumo y tirárselo encima. Subir las escaleras maldiciendo para cambiarse. Descubrir que el polo estaba mal puesto desde el principio. Mirar el reloj otra vez. Salir corriendo.

Dejar que el colegio pase sin mirarlo. Intentar no dormir, correr al recreo, hacer alguna trastada para distraerse. Seis horas. Esperar aburrido en la entrada a que alguien recuerde tu existencia. Saltar al coche, saludar, responder a las mismas preguntas de siempre.

Comer. Descansar. Dormir incluso. Hacer los deberes, estudiar. Alguna actividad extraescolar. Con suerte, un poco de tiempo libre. Mirar por la ventana y descubrir que ya es de noche. Despedirse mentalmente de la tarde, gemela de todas las anteriores.

Ducharse, cenar. Ver un poco la tele, hasta casi quedarse dormido en el sofá. Arrastrarse escaleras arriba, más o menos como te arrastraste escaleras abajo por la mañana. Preparase para irse a la cama. Abrirla, lavarse los dientes. Poner el despertador. Tachar un día más del calendario. Cerrar los ojos.

Apagarse.

Conejo Blanco

-Tarde, tarde, ¡Llego tarde!- murmura Jade, mientras corre. Se ha quedado dormido. Dobla esquinas sin mirar, chocando con todo el mundo y gritando disculpas sin volverse, porque llega tarde.

Cuando al fin llega a la puerta del edificio y mira por enésima vez el reloj, son veinte minutos. Veinte minutos tarde.

-¡Llego tarde, llego tarde!- exclama mientras sube las escaleras a saltos, de dos en dos. Cuando llega a su destino ha esquivado a media oficina y ha estado a punto de derramarse el café de alguien sobre la camisa.

-Llegas tarde- Son las palabras con las que le saluda su jefe tras abrirle la puerta en las narices y dejarle con el puño suspendido en el aire, a punto de llamar. Jade se escurre por la madriguera, el pasillo que lleva al sótano, tras recibir una de las sonrisas de mil dientes de Hyuk, que acaba de aparecer, como de costumbre, de la nada.

domingo, 3 de mayo de 2015

Tiempo IV: Música

El tiempo le deja hacer preguntas. Algunas las contesta, otras deja que el silencio se las lleve, para su colección. La niebla vuelve a devolver a Kiba de su paseo, sano y salvo, y por un momento Sam no distingue al tiempo.

La noche está ya instalada cuando el tiempo enciende un nuevo cigarrillo, se levanta del sofá y le tiende la mano a Sam. Por un momento la mira, perdido, antes de tomarla con cuidado. El tiempo parece de carne y hueso, como él. Un poco más frío.

Se deja arrastrar suavemente hasta el aparato de música y permite al tiempo trastear entre sus canciones. Con la mano libre aprovecha para quitarle el cigarrillo de los labios. El tiempo se limita a alzar los ojos un instante.

Las notas de una melodía inundan el aire y Sam se ve arrastrado de nuevo, esta vez al centro de la sala. Recuerda vagamente la canción. Hace mucho que no la oye, porque suele acompañarle el silencio, y al silencio le encanta escucharse a si mismo.

Sin soltarle la mano, el tiempo se deja caer. Y como aún lo tiene sujeto, a Sam no le queda más remedio que caer con él. Acaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la mano entre las de un conocido de ojos verdes que le mira sin inmutarse.

Sin saber muy bien cómo, algunas canciones después se encuentra recostado sobre la alfombra, con la cabeza en el regazo del tiempo, y el sueño debe haber entrado sin que se diera cuenta, porque siente como los párpados le pesan cada vez más. O puede que sean los dedos del tiempo, jugando con su pelo. Sin darse cuenta, se queda dormido.

Cuando el día le despierta acariciándole el rostro con unos rayos de sol, el tiempo sigue allí.

Tiempo III: Niebla

Dos semanas más tarde, cuando vuelve a casa, hay un conocido en su puerta. Un conocido alto, que le mira sin expresión con un cigarrillo entre los labios.

El tiempo le saluda haciendo anillos de humo. Sam le mira, indeciso. Uno nunca sabe, con el tiempo. Al final es su vecina, la duda, la que resuelve el problema. Al pasar camino al ascensor le pega un empujón al tiempo, y a Sam no le queda más remedio que apartarse, para evitar un accidente. Esta vez, el tiempo entra en su casa tropezándose con el felpudo.

Kiba agita el rabo a modo de saludo.

El tiempo se sienta y simplemente espera a que Sam haga sus cosas, llenando poco a poco la habitación de niebla. Es la tarde la que abre la ventana, al pasar y verlos, para evitar que Sam se asfixie. Cuando cruza las piernas enfrente del tiempo, la niebla también se ha ido, para darle una vuelta a Kiba. En su salón sólo queda un conocido de mirada inexpresiva, cigarrillo ya olvidado.

Tiempo II: Noche

El tiempo despega los labios y el silencio desaparece. Y cuando el tiempo habla, no parece el tiempo. El tiempo le cuenta historias, tristes, alegres, de esas que sólo él conoce. El tiempo deja que la tarde pase, distraída. Cuando Sam quiere darse cuenta, la tarde ya se ha ido.

La noche se detiene un momento a saludar antes de empezar su turno de trabajo. El mundo se vuelve azul marino y el tiempo enciende otro cigarrillo. Sentado en el sofá, con Kiba a los pies. Y Sam en el suelo, justo enfrente, abrazándose las rodillas al pecho, como un niño pequeño. El tiempo ya no habla, sólo mira, inexpresivo. Sam entiende que es su turno. La noche los mira desde el cielo, aburrida, mientras espera a que el día llegue a relevarla.

Entre respuestas y humo, Sam se queda dormido. Cuando despierta en el sofá, el tiempo ya no está.

El silencio le da los buenos días.

Tiempo I: Silencio

Llaman a la puerta. Hay un extraño en el umbral. Un extraño alto, que le mira sin expresión con un cigarrillo entre los labios.

-¿Te conozco?- a Sam le resulta curiosamente familiar. Igual son los ojos verdes. O la nariz recta. O puede que sea el corte de pelo.

-Por supuesto que sí- la respuesta llega acompañada de una nube de alquitrán en humo. El extraño inhala de nuevo. -Soy tu tiempo-.

Le entran ganas de reír. Es ridículo. No es su tiempo. Sam sabe cómo es su tiempo. Lo ha perseguido durante toda su vida, viéndolo alejarse. Su tiempo es alto y rubio, con la espalda ancha. Su tiempo lleva ignorándolo veinte años. No tiene sentido que aparezca, recién estrenado el año veintiuno, en la puerta de su casa. No puede ser su tiempo.

El tiempo en cuestión, descubre, ha aprovechado su vacilación para colarse por la puerta, y se encuentra plantado justo en medio del salón, todavía con el cigarrillo entre los labios, todavía mirándolo sin expresión.

-Tú no eres mi tiempo- afirma Sam, de manera un tanto infantil. El extraño ni se inmuta, exhalando otra nube de humo por toda respuesta. Y a Sam no le queda más remedio que aceptar que sí, es posible que sea su tiempo el que le mira inexpresivo desde el salón.

No es hasta que ve una mancha blanca pasar junto a él que se da cuenta de que la puerta sigue abierta a su espalda. La cierra justo a tiempo de evitar la huida de Kiba. El perro, de tamaño considerable, gruñe.

El silencio se pasea de repente entre los dos, habiendo entrado también sin invitación. No le importa. Suele hacerlo. Visita el piso de Sam a menudo, para hacerle compañía. Esta vez no se queda mucho, sin embargo. Desaparece en el momento en el que el tiempo despega los labios, como si nunca hubiera estado allí.