jueves, 7 de mayo de 2015

Reflexión número tres: el fin de la fiebre

La ducha gotea. El agua se desliza, se detiene y se precipita hasta chocar con su pulgar. Una y otra vez. El grifo está mal cerrado. Mientras, el baño se llena de vapor y su piel se arruga en la bañera.

Una gota por persona. Por brochazo de negro en la pared. Por cada pedacito de carne perdido entre otras costillas. Una gota por cada vez que el teléfono no suena. Una gota por cada despedida imaginaria.

Al final suman el océano en el que nadan sus pulmones.

La pintura del baño es un reflejo de sus huesos. No se distingue el yeso, cubierto por capas y capas de persona olvidada. Es el tipo de pesadez que normalmente le impide mover el esqueleto, fiebre al ver los barcos desaparecer por el desagüe.

Todo es cuestión de aprender a compartir cuerpo con el vacío

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