La ducha gotea. El agua se
desliza, se detiene y se precipita hasta chocar con su pulgar. Una y otra vez.
El grifo está mal cerrado. Mientras, el baño se llena de vapor y su piel se
arruga en la bañera.
Una gota por persona. Por
brochazo de negro en la pared. Por cada pedacito de carne perdido entre otras costillas.
Una gota por cada vez que el teléfono no suena. Una gota por cada despedida
imaginaria.
Al final suman el océano en el
que nadan sus pulmones.
La pintura del baño es un reflejo
de sus huesos. No se distingue el yeso, cubierto por capas y capas de persona
olvidada. Es el tipo de pesadez que normalmente le impide mover el esqueleto,
fiebre al ver los barcos desaparecer por el desagüe.
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