jueves, 7 de mayo de 2015

Reflexión número dos: alas

Debajo del agua el mundo se distorsiona. Pierde nitidez, el sonido se apaga. No hay aire. Un poco más, solo un poco más. Hasta que le ardan los pulmones.

Sale resoplando en busca de oxígeno. No es inmortal. Su propia humanidad lo corroe, arrancándole la eternidad que otros disfrutan. Gotea poco a poco sobre el agua de la bañera, diluyéndose en ella.

Tiene sus días. Días en los que el otro pierde la batalla y días en los que está a punto de ganar la guerra contra lo que queda de sí mismo resistiendo al invasor. Esos son los días malos, en los que el músculo no alcanza a huir y se acurruca en una esquina de la caja, errático.

Recuerda la sensación de las alas. Extendidas, no cabían en el diminuto cuarto de baño, y llenaban el suelo de plumas suaves, que hacían más placentero el caminar. Se acaricia distraído el tatuaje de recuerdo en la columna mientras contempla los azulejos de la pared. Son gris ceniza.

Bajo la superficie se produce una tregua corta. Las cosas adquieren un tono azulado y se refleja la luz. El diafragma se detiene y se forman burbujas. Es un buen contraste a la calma, blanca y negra y muda; y la tormenta, de colores y ruidos tan intensos que resultan chillones.

La humanidad viene acompañada de dolores inventados, monjes haciendo horas extras y extendiendo ese cansancio que no deja dormir al resto del templo. Es difícil saber que eres el autor de la propia tinta que te borra, y que es insoluble en agua.

Solo quiere volver a ser inmortal.

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