Debajo del agua el mundo se
distorsiona. Pierde nitidez, el sonido se apaga. No hay aire. Un poco más, solo
un poco más. Hasta que le ardan los pulmones.
Sale resoplando en busca de
oxígeno. No es inmortal. Su propia humanidad lo corroe, arrancándole la
eternidad que otros disfrutan. Gotea poco a poco sobre el agua de la bañera,
diluyéndose en ella.
Tiene sus días. Días en los que
el otro pierde la batalla y días en los que está a punto de ganar la guerra
contra lo que queda de sí mismo resistiendo al invasor. Esos son los días
malos, en los que el músculo no alcanza a huir y se acurruca en una esquina de
la caja, errático.
Recuerda la sensación de las
alas. Extendidas, no cabían en el diminuto cuarto de baño, y llenaban el suelo
de plumas suaves, que hacían más placentero el caminar. Se acaricia distraído el
tatuaje de recuerdo en la columna mientras contempla los azulejos de la pared.
Son gris ceniza.
Bajo la superficie se produce una
tregua corta. Las cosas adquieren un tono azulado y se refleja la luz. El
diafragma se detiene y se forman burbujas. Es un buen contraste a la calma,
blanca y negra y muda; y la tormenta, de colores y ruidos tan intensos que
resultan chillones.
La humanidad viene acompañada de
dolores inventados, monjes haciendo horas extras y extendiendo ese cansancio
que no deja dormir al resto del templo. Es difícil saber que eres el autor de
la propia tinta que te borra, y que es insoluble en agua.
Solo quiere volver a ser
inmortal.
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