Dos semanas más
tarde, cuando vuelve a casa, hay un conocido en su puerta. Un conocido alto,
que le mira sin expresión con un cigarrillo entre los labios.
El tiempo le saluda
haciendo anillos de humo. Sam le mira, indeciso. Uno nunca sabe, con el tiempo.
Al final es su vecina, la duda, la que resuelve el problema. Al pasar camino al
ascensor le pega un empujón al tiempo, y a Sam no le queda más remedio que
apartarse, para evitar un accidente. Esta vez, el tiempo entra en su casa
tropezándose con el felpudo.
Kiba agita el rabo a
modo de saludo.
El tiempo se sienta y
simplemente espera a que Sam haga sus cosas, llenando poco a poco la habitación
de niebla. Es la tarde la que abre la ventana, al pasar y verlos, para evitar
que Sam se asfixie. Cuando cruza las piernas enfrente del tiempo, la niebla
también se ha ido, para darle una vuelta a Kiba. En su salón sólo queda un
conocido de mirada inexpresiva, cigarrillo ya olvidado.
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