El tiempo despega los
labios y el silencio desaparece. Y cuando el tiempo habla, no parece el tiempo.
El tiempo le cuenta historias, tristes, alegres, de esas que sólo él conoce. El
tiempo deja que la tarde pase, distraída. Cuando Sam quiere darse cuenta, la
tarde ya se ha ido.
La noche se detiene
un momento a saludar antes de empezar su turno de trabajo. El mundo se vuelve
azul marino y el tiempo enciende otro cigarrillo. Sentado en el sofá, con Kiba
a los pies. Y Sam en el suelo, justo enfrente, abrazándose las rodillas al pecho,
como un niño pequeño. El tiempo ya no habla, sólo mira, inexpresivo. Sam
entiende que es su turno. La noche los mira desde el cielo, aburrida, mientras
espera a que el día llegue a relevarla.
Entre respuestas y
humo, Sam se queda dormido. Cuando despierta en el sofá, el tiempo ya no está.
El silencio le da los
buenos días.
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