Llaman a la puerta. Hay un extraño en el
umbral. Un extraño alto, que le mira sin expresión con un cigarrillo entre los
labios.
-¿Te conozco?- a Sam le resulta curiosamente
familiar. Igual son los ojos verdes. O la nariz recta. O puede que sea el corte
de pelo.
-Por supuesto que sí- la respuesta llega
acompañada de una nube de alquitrán en humo. El extraño inhala de nuevo. -Soy
tu tiempo-.
Le entran ganas de reír. Es ridículo. No
es su tiempo. Sam sabe cómo es su tiempo. Lo ha perseguido durante toda su
vida, viéndolo alejarse. Su tiempo es alto y rubio, con la espalda ancha. Su
tiempo lleva ignorándolo veinte años. No tiene sentido que aparezca, recién
estrenado el año veintiuno, en la puerta de su casa. No puede ser su tiempo.
El tiempo en cuestión, descubre, ha
aprovechado su vacilación para colarse por la puerta, y se encuentra plantado
justo en medio del salón, todavía con el cigarrillo entre los labios, todavía
mirándolo sin expresión.
-Tú no eres mi tiempo- afirma Sam, de
manera un tanto infantil. El extraño ni se inmuta, exhalando otra nube de humo
por toda respuesta. Y a Sam no le queda más remedio que aceptar que sí, es
posible que sea su tiempo el que le mira inexpresivo desde el salón.
No es hasta que ve una mancha blanca pasar
junto a él que se da cuenta de que la puerta sigue abierta a su espalda. La
cierra justo a tiempo de evitar la huida de Kiba. El perro, de tamaño
considerable, gruñe.
El silencio se pasea de repente entre los
dos, habiendo entrado también sin invitación. No le importa. Suele hacerlo.
Visita el piso de Sam a menudo, para hacerle compañía. Esta vez no se queda
mucho, sin embargo. Desaparece en el momento en el que el tiempo despega los
labios, como si nunca hubiera estado allí.
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