domingo, 3 de mayo de 2015

Tiempo I: Silencio

Llaman a la puerta. Hay un extraño en el umbral. Un extraño alto, que le mira sin expresión con un cigarrillo entre los labios.

-¿Te conozco?- a Sam le resulta curiosamente familiar. Igual son los ojos verdes. O la nariz recta. O puede que sea el corte de pelo.

-Por supuesto que sí- la respuesta llega acompañada de una nube de alquitrán en humo. El extraño inhala de nuevo. -Soy tu tiempo-.

Le entran ganas de reír. Es ridículo. No es su tiempo. Sam sabe cómo es su tiempo. Lo ha perseguido durante toda su vida, viéndolo alejarse. Su tiempo es alto y rubio, con la espalda ancha. Su tiempo lleva ignorándolo veinte años. No tiene sentido que aparezca, recién estrenado el año veintiuno, en la puerta de su casa. No puede ser su tiempo.

El tiempo en cuestión, descubre, ha aprovechado su vacilación para colarse por la puerta, y se encuentra plantado justo en medio del salón, todavía con el cigarrillo entre los labios, todavía mirándolo sin expresión.

-Tú no eres mi tiempo- afirma Sam, de manera un tanto infantil. El extraño ni se inmuta, exhalando otra nube de humo por toda respuesta. Y a Sam no le queda más remedio que aceptar que sí, es posible que sea su tiempo el que le mira inexpresivo desde el salón.

No es hasta que ve una mancha blanca pasar junto a él que se da cuenta de que la puerta sigue abierta a su espalda. La cierra justo a tiempo de evitar la huida de Kiba. El perro, de tamaño considerable, gruñe.

El silencio se pasea de repente entre los dos, habiendo entrado también sin invitación. No le importa. Suele hacerlo. Visita el piso de Sam a menudo, para hacerle compañía. Esta vez no se queda mucho, sin embargo. Desaparece en el momento en el que el tiempo despega los labios, como si nunca hubiera estado allí.

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