El tiempo le deja
hacer preguntas. Algunas las contesta, otras deja que el silencio se las lleve,
para su colección. La niebla vuelve a devolver a Kiba de su paseo, sano y
salvo, y por un momento Sam no distingue al tiempo.
La noche está ya
instalada cuando el tiempo enciende un nuevo cigarrillo, se levanta del sofá y
le tiende la mano a Sam. Por un momento la mira, perdido, antes de tomarla con
cuidado. El tiempo parece de carne y hueso, como él. Un poco más frío.
Se deja arrastrar
suavemente hasta el aparato de música y permite al tiempo trastear entre sus
canciones. Con la mano libre aprovecha para quitarle el cigarrillo de los
labios. El tiempo se limita a alzar los ojos un instante.
Las notas de una
melodía inundan el aire y Sam se ve arrastrado de nuevo, esta vez al centro de
la sala. Recuerda vagamente la canción. Hace mucho que no la oye, porque suele
acompañarle el silencio, y al silencio le encanta escucharse a si mismo.
Sin soltarle la mano,
el tiempo se deja caer. Y como aún lo tiene sujeto, a Sam no le queda más
remedio que caer con él. Acaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y
la mano entre las de un conocido de ojos verdes que le mira sin inmutarse.
Sin saber muy bien
cómo, algunas canciones después se encuentra recostado sobre la alfombra, con
la cabeza en el regazo del tiempo, y el sueño debe haber entrado sin que se
diera cuenta, porque siente como los párpados le pesan cada vez más. O puede
que sean los dedos del tiempo, jugando con su pelo. Sin darse cuenta, se queda
dormido.
Cuando el día le
despierta acariciándole el rostro con unos rayos de sol, el tiempo sigue allí.
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