domingo, 3 de mayo de 2015

Tiempo IV: Música

El tiempo le deja hacer preguntas. Algunas las contesta, otras deja que el silencio se las lleve, para su colección. La niebla vuelve a devolver a Kiba de su paseo, sano y salvo, y por un momento Sam no distingue al tiempo.

La noche está ya instalada cuando el tiempo enciende un nuevo cigarrillo, se levanta del sofá y le tiende la mano a Sam. Por un momento la mira, perdido, antes de tomarla con cuidado. El tiempo parece de carne y hueso, como él. Un poco más frío.

Se deja arrastrar suavemente hasta el aparato de música y permite al tiempo trastear entre sus canciones. Con la mano libre aprovecha para quitarle el cigarrillo de los labios. El tiempo se limita a alzar los ojos un instante.

Las notas de una melodía inundan el aire y Sam se ve arrastrado de nuevo, esta vez al centro de la sala. Recuerda vagamente la canción. Hace mucho que no la oye, porque suele acompañarle el silencio, y al silencio le encanta escucharse a si mismo.

Sin soltarle la mano, el tiempo se deja caer. Y como aún lo tiene sujeto, a Sam no le queda más remedio que caer con él. Acaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la mano entre las de un conocido de ojos verdes que le mira sin inmutarse.

Sin saber muy bien cómo, algunas canciones después se encuentra recostado sobre la alfombra, con la cabeza en el regazo del tiempo, y el sueño debe haber entrado sin que se diera cuenta, porque siente como los párpados le pesan cada vez más. O puede que sean los dedos del tiempo, jugando con su pelo. Sin darse cuenta, se queda dormido.

Cuando el día le despierta acariciándole el rostro con unos rayos de sol, el tiempo sigue allí.

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