-Tarde, tarde, ¡Llego
tarde!- murmura Jade, mientras corre. Se ha quedado dormido. Dobla esquinas sin
mirar, chocando con todo el mundo y gritando disculpas sin volverse, porque
llega tarde.
Cuando al fin llega a
la puerta del edificio y mira por enésima vez el reloj, son veinte minutos.
Veinte minutos tarde.
-¡Llego tarde, llego
tarde!- exclama mientras sube las escaleras a saltos, de dos en dos. Cuando
llega a su destino ha esquivado a media oficina y ha estado a punto de
derramarse el café de alguien sobre la camisa.
-Llegas tarde- Son
las palabras con las que le saluda su jefe tras abrirle la puerta en las
narices y dejarle con el puño suspendido en el aire, a punto de llamar. Jade
se escurre por la madriguera, el pasillo que lleva al sótano, tras recibir una
de las sonrisas de mil dientes de Hyuk, que acaba de aparecer, como de
costumbre, de la nada.
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