Como
un autómata. Alargar el brazo, apagar el despertador. Girar el cuerpo a la
derecha, después abrir los ojos. Apartar un poco el edredón. Demasiado frío.
Volver a taparse. Un vistazo al reloj. Salir a rastras de la cama.
Echarse
agua en la cara, vestirse sin mirar, corriendo el riesgo de ponerse alguna
prenda del revés. Bajar a desayunar. Tostada, cola-cao. Sin incidentes. Llegar
al zumo y tirárselo encima. Subir las escaleras maldiciendo para cambiarse.
Descubrir que el polo estaba mal puesto desde el principio. Mirar el reloj otra
vez. Salir corriendo.
Dejar
que el colegio pase sin mirarlo. Intentar no dormir, correr al recreo, hacer
alguna trastada para distraerse. Seis horas. Esperar aburrido en la entrada a
que alguien recuerde tu existencia. Saltar al coche, saludar, responder a las
mismas preguntas de siempre.
Comer.
Descansar. Dormir incluso. Hacer los deberes, estudiar. Alguna actividad
extraescolar. Con suerte, un poco de tiempo libre. Mirar por la ventana y
descubrir que ya es de noche. Despedirse mentalmente de la tarde, gemela de
todas las anteriores.
Ducharse,
cenar. Ver un poco la tele, hasta casi quedarse dormido en el sofá. Arrastrarse
escaleras arriba, más o menos como te arrastraste escaleras abajo por la
mañana. Preparase para irse a la cama. Abrirla, lavarse los dientes. Poner el
despertador. Tachar un día más del calendario. Cerrar los ojos.
Apagarse.
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